domingo 26 de diciembre de 2010

Me gusta viajar sola

Me gusta viajar sola en tren, sola y sin equipaje, únicamente un boli por si me da por escribir alguna canción.
Adoro esa extraña sensación de ser una completa desconocida, de no conocer a nadie y al mismo tiempo morirme de ganas por descubrir la vida de cada uno de los que me rodean. Por eso, me gusta jugar a inventármela, es hasta más divertido que leer un libro. Leer miradas, sonrisas, gestos, movimientos. Leer vidas.

El chico de mi derecha lleva una bolsa de deporte, nada más, una bolsa azul casi vacía. Es alto, no muy guapo, tiene tos y mirada triste; decido pensar que vive en un pueblo cercano y se desplaza a la capital para participar en algún evento deportivo, tal vez una maratón; sí, tiene piernas de atleta.

Dos asientos por delante, una señora de unos 40 años habla nerviosa por teléfono, no entiendo muy bien lo que dice pero, por la forma en la que mueve las manos, quizás esté discutiendo con su marido. Tiene ojeras de llevar noches sin dormir, y las raíces negras de su melena pelirroja agradecerían una buena sesión de peluquería y permiten ver que tiene poco tiempo para dedicarse a sí misma.

Detrás de mí, una chica escucha música mientras ojea unos folios subrayados en verde. La miro disimuladamente cuando giro la cabeza para comprobar si el baño está vacío. Será una universitaria que vuelve a casa reencontrarse con su familia y recoger ropa limpia para las siguientes semanas del curso. Yo también fui una de esas.

El resto del vagón está vacío; hoy no viaja mucha gente, a pesar de quedar un día para la navidad. Lo de volver a casa por estas fechas ya sólo se ve en los anuncios de la tele.

Yo viajo porque me gusta. Antes lo hacía por obligación, como la chica que está sentada detrás. Era algo mecánico, los domingos por la noche hacía la maleta con lo justo para una semana, llegaba a mi habitación de estudiante decorada con fotos y colorines, en la que dormía, comía, escribía, reía y lloraba, pero no a partes iguales. Y el viernes por la mañana, muerta de sueño y hambre, volvía a casa. Así día tras día, mes tras mes, año tras año; hasta que perdía la cuenta y ya no sabía si iba o volvía, ni si la ropa estaba sucia o limpia.
Pero ahora me gusta, me relaja el traqueteo del tren, me divierte esa sensación de que son los árboles los que se mueven a mi alrededor mientras yo permanezco sentada. Y me resulta curioso compartir esos momentos con unos desconocidos a los que tengo que inventar.

Me pregunto qué pensarán ellos de mí. Una chica alta de unos veintitantos años, con flequillo y gafas rojas, que viaja sola y sin maleta. Mirada alegre y sonrisa triste para despistar. Puede que crean que me desplazo a la capital para comprar los regalos de navidad, o tal vez para tomar algo con unos amigos. Quizás piensen que vuelvo a casa tras un día de trabajo. Lo mismo ni siquiera se han fijado en mí.

No soporto estar en casa el 24 de diciembre; ni el 25, ni en año nuevo, ni el día de Reyes… pero tengo algo especial contra el 24. Odio esa sensación de que todo el mundo es feliz cenando con su familia. Pues yo no, no tengo familia, no de esa que se junta para comer pavo. A mis padres los veo todos los días, no tengo hermanos, con mis primos coincido en las bodas y mi abuela viene a verme el día de mi cumpleaños para darme la paga, como cuando tenía diez años, nada ha cambiado desde entonces, sólo yo.

Aún recuerdo aquél 24 de diciembre de 1996, yo tenía 9 años y hacía pocos meses que nos habíamos mudado a la casa en la que ahora vivo. Iban a ser las primeras navidades allí, nada podía salir mal. Por la mañana me levanté pronto para estar vestida cuando vinieran a pedir el aguinaldo, después de comer ayudé a mi madre a preparar la bandeja con turrón y polvorones de esos envueltos en papel blanco y por la tarde me pasé horas y horas rebuscando en el armario y probándome ropa de fiesta, porque había oído en la calle que este día la gente se vestía muy elegante para ver a su familia.

A la hora de la cena no había nadie en casa, puse la tele y vi primero a un señor hablando, después a unos hombres disfrazados que me hicieron reír durante siete minutos, lo que tardé en cambiar de canal para ver un programa de actuaciones musicales.
Ese día no cené, ni ese ni todos los 24 de diciembre que le siguieron. Esa noche una niña de 9 años se quedó sola en casa disfrazada con lentejuelas y botas de tacón, sentada frente a una mesa vacía.
Lloré desconsoladamente, lloré hasta quedarme dormida.

A la mañana siguiente el pasillo estaba lleno de regalos, me dijeron que los había traído Papa Noel porque me había portado muy bien y había sacado muy buenas notas. Pero yo no los quería, yo sólo había pedido una cena familiar como la de los demás niños de mi clase; me sobraban todos esos paquetes con lazos y caramelos.

Esas fueron las últimas navidades en las que lloré, dejé de esperar nada, dejé de ilusionarme por todo.

Por eso ahora me gusta viajar sola, porque es una soledad elegida. He aprendido a estar sola cuando yo quiero. Siempre me escapo antes de que me abandonen, así me siento ganadora. Es una forma de vengarme de todos los que me rechazaron, es una forma de ser cobarde, una forma de ser infeliz, pero eso sí, a mi manera. Soy yo quien elige cómo destruirse, no dejaré que nadie más lo haga.

El tren ha llegado a su destino. La señora que discutía por teléfono despliega una inmensa sonrisa al reencontrarse con su marido y sus hijos. Tal vez me equivoqué con ella.
La universitaria que iba sentada detrás de mí se reúne con un grupo de amigas y salen disparadas hacia el autobús que va al aeropuerto. Puede que también me haya confundido.
Y el chico de la bolsa de deporte me observa detenidamente sin dirigirse hacia ningún lugar. Creo que él también ha jugado a imaginarse mi vida y está esperando para ve si ha acertado.
Me sonríe, le devuelvo la sonrisa. Saca un cigarrillo y comienza a fumar sin moverse del sitio, me siento en el suelo y decido hacerle compañía en silencio.
Da la última calada y se acerca, ya no queda nadie en la estación.

- ¿Esperas a alguien? – Me pregunta educadamente.
- Sí, no tardarán en venir a recogerme. – Miento.
- Ah, bueno. Si quieres te acerco, voy para el centro. – Sonríe de nuevo.
- No, gracias. Prefiero esperar. – Vuelvo a mentir.

¿Esperar? Creí que hacía ya tiempo que había dejado de esperar. Pero el 24 de diciembre era un día para estar sola, llevaba años cumpliendo esa tradición y no iba a dejar que uno de mis desconocidos lo estropeara, por muy simpático que fuera.

Camino despacio hacia la calle y me sumerjo entre la gente, aquí soy una desconocida más, sólo una vida más entre tantas, dispuesta a que otros la inventen, preparada para que los que pasean a mi lado decidan lo que he venido a hacer a esta ciudad.

3 comentarios:

Santiago dijo...

Muy bueno, si en algún momento quieres sentir esa sensación pero en un viaje, te recomiendo http://www.yporquenosolo.com.
Me das permiso para publicar esto que has escrito en el blog de yporquenosolo? Mucha gente leerá lo que escribes.
Un saludo.

Leria Nope dijo...

El último párrafo me mata!!! :)

Sergi dijo...

Me ha encantado tu artículo. Me he identificado en algunas sensaciones, y en otras que no sé si te envidio o todo lo contrario.
Te leeré más a menudo, gracias por escribir.