Decepción, en los ojos de Silvia se refleja la decepción que dejan los sueños cuando se cumplen, cuando dejan de ser sueños. Pero nadie lo nota y todos confunden la sonrisa triste que dibujan sus labios con la más absoluta felicidad. Ella también lo confundió un día, pero eso fue hace ya mucho tiempo.
Silvia nunca dice la verdad porque nadie la cree, nunca tiene prisa porque está cansada de esperar y se niega a ponerse gafas porque prefiere ver las cosas a su manera, la realidad es algo demasiado desagradable para alguien que ha pasado su infancia leyendo cuentos.
Los lunes son su día preferido, sólo para llevar la contraria; le encantan las matemáticas porque se parecen a la poesía, o eso se empeña en creer, que las emociones se transmiten a través de palabras perfectamente calculadas.
Chica de letras que conduce su vida en función de lo que los números le marcan. Nació en día 20 y, desde entonces, supo que su vida cambiaría a los 20 años; de pequeña se cayó de la bici y se hizo 3 heridas, por eso nunca compra décimos de lotería que acaben en 3. Apuesta incondicionalmente al número 9 porque una vez sacó un 9 en un examen de historia, y suele equivocarse los 14 de cada mes porque esa fue la fecha en la que cometió su primer error.
Silvia odia el verano porque el calor le vuelve vulnerable, teme que el sol derrita la fría coraza que con tanto esfuerzo ha ido construyendo a lo largo de sus 22 años. La coraza que le permite mostrar sólo lo que ella quiere, esa piedra que le hace capaz de sonreír aunque sus ojos se inunden de decepción.
En su habitación intenta encontrar los restos de aquello en lo que un día confió, pero lo único que descubre es un cuaderno lleno de notas que la recuerda que no mereció la pena malgastar la vida esperando a que sus deseos se cumplieran, que hacen que se sienta culpable por haberse conformado con ser feliz. Feliz, a secas.
Pero ella no se lo contará a nadie, todos vivirán engañados por su cara de niña buena, deslumbrados por el brillo de sus ojos que admirarán sin saber que no son suyos, que los suyos se gastaron tiempo atrás, cansados de querer ver lo que no existía, muertos de rabia al comprobar que las palabras son números disfrazados de inseguridad.
Dicen que Silvia no quiere a nadie, pero lo cierto es que no sabe querer. En sus arrugas caben trescientas canciones y dos cicatrices recorren su piel. Ha vivido seis vidas dentro de la suya, ha soñado mil veces en ser como es, curiosa de vida se muere de intriga cuando las sorpresas la matan de sed.
El reloj de pared marca las once y media, en la radio suena La Chica de Ayer. Silvia se mira sin ganas en el espejo, mientras se abrocha los vaqueros y se desenreda el pelo, obligándose a si misma a pasárselo bien.
Un portazo seco deja atrás las lágrimas, la ilusiones, los logros y los fracasos; se quedan descansando un rato y esperando ansiosos para recibirla a la hora de desayunar, con tostadas y café.
Las calles están vacías, las farolas iluminan sus labios y los charcos hacen cambiar el rumbo de sus pasos. Hace frío pero no lo nota. Los tacones recorren los adoquines sin frenos, sin ser capaces de cambiar de rumbo, directos hacia el bar donde siempre se encuentran con él. ¿Él? ¿Quién es él? Pues él es un chico simpático y descarado, de los que juegan a caer bien. Su seguridad te aplasta si te descuidas pero se desmorona en cuanto se deja conocer. Vive protegido por su armadura, de la que sólo sale cuando no le ves, si consigue lo que pretende lo abandona y se esconde de nuevo, muerto de miedo por llegarlo a perder.
Él conoció a Silvia cuando ella todavía creía en los monstruos y en los barcos de papel, y la decepcionó con el tiempo, cuando demostró que tras su dura fachada sólo había piel.
Por su culpa, ella perdió el miedo a todo: a las alturas, a las miradas, a las mentiras, a si misma y a los juegos que son buenos aunque te toque perder. Y jugaron. Jugaron a ser actores ensayando su mejor papel, se destruyeron mutuamente y la película no mereció tanto la pena como para volverla a ver.
¿Y quién se queda con los recuerdos ahora? Ahora que los dos hicieron trampas, ahora que las buenas intenciones ya no suenan bien, ahora que la música está tan alta que ni las mejores palabras se dejan creer.
¿Y quién se engaña en silencio ahora? Cuando ni las mentiras salieron vivas de las manos de dos que no aprendieron a crecer.
¿Quién barre los restos de las promesas arrugadas que ninguno se atrevió a prometer? ¿Quién? Ahora que no es fácil contradecirse y pretender salir ileso, ahora que las sonrisas se quedaron en los huesos…
Las botas de Silvia se detienen frente a la puerta del bar, sabe que a escasos metros puede encontrarse con él, sabe que esa noche no tiene ganas de penas, que la tristeza de madrugada nunca se debe vencer, sabe que cualquier gesto puede destrozar su fachada, sabe que las palabras a oscuras tienen muchas más posibilidades de escocer. Pero el cerebro no da la orden, su organismo está demasiado acostumbrado al dolor, en dos minutos estarán sentados frente a frente, en dos minutos sobrará cualquier tipo de explicación.
Las horas pasan deprisa, la noche se mueve a ritmo de rock, el suelo soporta el peso de las despedidas, las palabras llueven sin compasión.
Ella mantiene la sonrisa y no es fácil entre tanto sabor a traición. No es fácil, no es fácil… se repite sin calma, no es fácil anestesiarse cuando la cirugía no es la solución.
Silvia vuelve sola a casa, cansada, ha interpretado perfectamente el guión.
Durante el viaje en ascensor no se siente tan fuerte, hay estructuras que la morfosintaxis nunca debió inventar, su palabrería no sirve de nada cuando tiene ganas de todo menos de hablar.
Y sola en su habitación vuelve a diseñar sensaciones, calculando palabras y dividiéndolas entre la raíz de dos. Al fin y al cabo estaba en lo cierto ella, al sospechar que los números son poesía si les restas la emoción. Que las letras son sólo símbolos que encadenamos peligrosamente para transmitir información.
Silvia nunca dice la verdad porque nadie la cree, nunca tiene prisa porque está cansada de esperar y se niega a ponerse gafas porque prefiere ver las cosas a su manera, la realidad es algo demasiado desagradable para alguien que ha pasado su infancia leyendo cuentos.
Los lunes son su día preferido, sólo para llevar la contraria; le encantan las matemáticas porque se parecen a la poesía, o eso se empeña en creer, que las emociones se transmiten a través de palabras perfectamente calculadas.
Chica de letras que conduce su vida en función de lo que los números le marcan. Nació en día 20 y, desde entonces, supo que su vida cambiaría a los 20 años; de pequeña se cayó de la bici y se hizo 3 heridas, por eso nunca compra décimos de lotería que acaben en 3. Apuesta incondicionalmente al número 9 porque una vez sacó un 9 en un examen de historia, y suele equivocarse los 14 de cada mes porque esa fue la fecha en la que cometió su primer error.
Silvia odia el verano porque el calor le vuelve vulnerable, teme que el sol derrita la fría coraza que con tanto esfuerzo ha ido construyendo a lo largo de sus 22 años. La coraza que le permite mostrar sólo lo que ella quiere, esa piedra que le hace capaz de sonreír aunque sus ojos se inunden de decepción.
En su habitación intenta encontrar los restos de aquello en lo que un día confió, pero lo único que descubre es un cuaderno lleno de notas que la recuerda que no mereció la pena malgastar la vida esperando a que sus deseos se cumplieran, que hacen que se sienta culpable por haberse conformado con ser feliz. Feliz, a secas.
Pero ella no se lo contará a nadie, todos vivirán engañados por su cara de niña buena, deslumbrados por el brillo de sus ojos que admirarán sin saber que no son suyos, que los suyos se gastaron tiempo atrás, cansados de querer ver lo que no existía, muertos de rabia al comprobar que las palabras son números disfrazados de inseguridad.
Dicen que Silvia no quiere a nadie, pero lo cierto es que no sabe querer. En sus arrugas caben trescientas canciones y dos cicatrices recorren su piel. Ha vivido seis vidas dentro de la suya, ha soñado mil veces en ser como es, curiosa de vida se muere de intriga cuando las sorpresas la matan de sed.
El reloj de pared marca las once y media, en la radio suena La Chica de Ayer. Silvia se mira sin ganas en el espejo, mientras se abrocha los vaqueros y se desenreda el pelo, obligándose a si misma a pasárselo bien.
Un portazo seco deja atrás las lágrimas, la ilusiones, los logros y los fracasos; se quedan descansando un rato y esperando ansiosos para recibirla a la hora de desayunar, con tostadas y café.
Las calles están vacías, las farolas iluminan sus labios y los charcos hacen cambiar el rumbo de sus pasos. Hace frío pero no lo nota. Los tacones recorren los adoquines sin frenos, sin ser capaces de cambiar de rumbo, directos hacia el bar donde siempre se encuentran con él. ¿Él? ¿Quién es él? Pues él es un chico simpático y descarado, de los que juegan a caer bien. Su seguridad te aplasta si te descuidas pero se desmorona en cuanto se deja conocer. Vive protegido por su armadura, de la que sólo sale cuando no le ves, si consigue lo que pretende lo abandona y se esconde de nuevo, muerto de miedo por llegarlo a perder.
Él conoció a Silvia cuando ella todavía creía en los monstruos y en los barcos de papel, y la decepcionó con el tiempo, cuando demostró que tras su dura fachada sólo había piel.
Por su culpa, ella perdió el miedo a todo: a las alturas, a las miradas, a las mentiras, a si misma y a los juegos que son buenos aunque te toque perder. Y jugaron. Jugaron a ser actores ensayando su mejor papel, se destruyeron mutuamente y la película no mereció tanto la pena como para volverla a ver.
¿Y quién se queda con los recuerdos ahora? Ahora que los dos hicieron trampas, ahora que las buenas intenciones ya no suenan bien, ahora que la música está tan alta que ni las mejores palabras se dejan creer.
¿Y quién se engaña en silencio ahora? Cuando ni las mentiras salieron vivas de las manos de dos que no aprendieron a crecer.
¿Quién barre los restos de las promesas arrugadas que ninguno se atrevió a prometer? ¿Quién? Ahora que no es fácil contradecirse y pretender salir ileso, ahora que las sonrisas se quedaron en los huesos…
Las botas de Silvia se detienen frente a la puerta del bar, sabe que a escasos metros puede encontrarse con él, sabe que esa noche no tiene ganas de penas, que la tristeza de madrugada nunca se debe vencer, sabe que cualquier gesto puede destrozar su fachada, sabe que las palabras a oscuras tienen muchas más posibilidades de escocer. Pero el cerebro no da la orden, su organismo está demasiado acostumbrado al dolor, en dos minutos estarán sentados frente a frente, en dos minutos sobrará cualquier tipo de explicación.
Las horas pasan deprisa, la noche se mueve a ritmo de rock, el suelo soporta el peso de las despedidas, las palabras llueven sin compasión.
Ella mantiene la sonrisa y no es fácil entre tanto sabor a traición. No es fácil, no es fácil… se repite sin calma, no es fácil anestesiarse cuando la cirugía no es la solución.
Silvia vuelve sola a casa, cansada, ha interpretado perfectamente el guión.
Durante el viaje en ascensor no se siente tan fuerte, hay estructuras que la morfosintaxis nunca debió inventar, su palabrería no sirve de nada cuando tiene ganas de todo menos de hablar.
Y sola en su habitación vuelve a diseñar sensaciones, calculando palabras y dividiéndolas entre la raíz de dos. Al fin y al cabo estaba en lo cierto ella, al sospechar que los números son poesía si les restas la emoción. Que las letras son sólo símbolos que encadenamos peligrosamente para transmitir información.







3 comentarios:
Acabas de describir perfectamente mi comportamiento... duele, al llegar a casa duele el haber actuado por tanto tiempo y no saber cómo dejar de hacerlo :'(
*.* me ha encantado. Es sin duda tu mejor texto. Está muy elaborado ^^ No te digo más porque me has dejado sin palabras!!!
A ver si no vuelves a desaparecer :)
Hacía siglos que no pasaba por aquí.
Me he quedado anonadada y me he sentido chiquitita.
Me encanta el ritmo, la fluidez y la naturalidad.
Te has lucido, niña, y para bien.
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